Cuando abrazar se vuelve un acto de valentía.

¿Te has preguntado cuántas veces has abrazado a alguien durante un día?
Probablemente ninguna. ¿Y en una semana? Quizás tampoco. ¿Cuánto tiempo ha
pasado desde el último abrazo que diste…o recibiste? Tal vez no somos conscientes
de lo difícil que puede ser darlo, ni de cuánto lo necesitamos.
Hemos llegado a un punto donde las emociones se han reducido a emoticonos, los
sentimientos se consumen en pantallas, y las conversaciones importantes no se
gestionan delante de un café, mirándonos a los ojos, sino a través del brillo frío de un
dispositivo. Mensajes rápidos, respuestas automáticas, y una mensajería torpe que
intenta traducir lo que sentimos, sin lograrlo del todo. Decimos menos, sentimos igual y
entendemos peor.
Últimamente he leído estos conceptos, que parecen describir nuestra época:
Catfishing, Ghosting, Benching, Orbiting, Zombieing, Fishing. ¿Nos estamos volviendo
locos? Nombres modernos para viejas heridas. Nos alejamos del compromiso, de la
sinceridad, y nos refugiamos en un amor líquido, frágil y desconectado.
Pero… ¿en qué momento dejamos de mirar de frente? ¿de tocar sin miedo? ¿de
abrazar sin prisa?
Quizás un abrazo suene “vintage”, algo que “ya no se lleva”. Y, sin embargo, es lo más
real que nos queda. Porque un abrazo no necesita filtros, ni conexión wifi, solo
presencia.
Piensa, ¿qué abrazo recuerdas? Porque si lo haces, ese era de los buenos. No
pierdas ese recuerdo.
Un abrazo es algo más íntimo que un beso, es una expresión que dice “me importas”,
“te quiero” o “estoy aquí”. Es acogida, protección, consuelo, apoyo y cariño. Es una
conversación silenciosa entre dos personas donde, cuando el abrazo se cierra, las
respiraciones empiezan a alinearse y el ritmo del corazón suena como uno. Los
hombros se relajan y el silencio se vuelve cómodo y protector. No hace falta decir
nada.
Para que los niveles de cortisol bajen y la oxitocina, la llamada hormona del amor o del
vínculo, aumente, el abrazo tiene que ser sincero. Hay que darlo de verdad, sin miedo,
sin pensar, sólo sintiendo. Es entonces cuando llega la magia: cuando te sientes parte
de algo, cuando descubres que perteneces, que eres visible, que existes en el espacio
emocional de otro ser humano.
Un abrazo no pregunta, no exige, ni explica, sólo sostiene. Hay personas que cuando
te abrazan se sienten como casa. Y ese es quizá el regalo más valioso que pueden
hacerte, ofrecerte un refugio donde poder ser vulnerable y saber que, al hacerlo, estás
a salvo porque te sostienen.

Porque un abrazo, como nosotros, no finge. Es auténtico, libre y real. Como cada
prenda de Offbeat, hechas para abrazar tu forma de ser.